viernes, 26 de octubre de 2012

Autofelación, saliva, lágrimas, sudoración u otros métodos.

Mi último nacimiento duró meses, creo que era invierno, quizás primavera o probablemente otoño. Lo cierto es que la puerta de mi cuarto estaba cerrada y el ventilador lleno de polvo.

Me gustaba ir al cuartito del patio, ese de paredes blancas que aparte de despensa y frigorífico, tenía estanterías llenas con libros de cuentas, películas en VHS, sobres y álbumes de fotos; cogía todos aquellos que llevaban mi nombre en el lomo y comenzaba un viaje a través de ojos primero grises, luego azules, despues verdes, finalmente marrones y esporádicamente negros.

Cuando el final es también principio, todos somos escarabajos al servicio de Jepri.
Luego, a mi me tocó ser hija de una lluvia torrencial de invierno raptada por humanos de ojos cálidos y pecho ardiente.
Durante un año quise llamar a mamá haciendo brotar agua de mis ojos y soltando truenos por la boca, no funcionó, se perdieron las nubes, el gris y la fuerza.
Poco más de una década estuve guardando las palabras en una cajita de madera coronada por una mariposa color morado.
Hasta que las perdí todas.
Soñaba con el día en que pudiera poseerlas de forma permanente, lenta, espesa, suave, placentera y dulce.
Soñaba con el aire atravesando mi traquea, la lengua rozando mis dientes, los labios húmedos y la saliva caliente.
Soñaba con mi propia voz, suponiéndola fina y aguda como souvenir del viento.
Soñaba, y cada vez más pequeña, convertida en arándano, rodaba por las escaleras hasta perder el azul y enmascararme de verde.

Comencé a teñirme el pelo, llevar mallas, botas pesadas, piercing y cara de "demasiado interesante para interesar". Pillé hongos en los bares, muchos nombres, algunas fotos, bastantes hamigos y ninguna sonrisa.

Y allí, entre los barrotes de esparto trenzado, seguía la caja.

Fue entonces cuando una arcada me secó las visceras, arrancó los cartílagos podridos, corroyó la laringe, agujereó los dientes, agrietó los labios, coloreó de marrón los ojos entornados sin borrar el verde y sobre tierra mojada, piel de naranja y jazmines secos, perdí el pulso. Se me amorató el pecho.

Le robé al aire.
Me escupió en la cara.


Mi último nacimiento duró meses, creo que era invierno, quizás primavera o probablemente otoño. Lo cierto es, que la puerta de mi cuarto estaba cerrada y el ventilador lleno de polvo.

4 comentarios:

  1. Ha de ser un nudo ciego el que no nos deja parirnos...

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  2. A eso lo suelen llamar el parto de la burra...pero que coñio, bendito nacimiento el tuyo!;)

    Besos.

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  3. Y volveras a renacer una y otra vez sin duda, mientras nadie encienda el ventilador y abra la puerta para que tu historia se vuele sin rumbo más que la perdida por el basto que mundo que existe tras aquellas paredes.

    Hoy sencillamente, me has encantado. He nacido tanta veces contigo que posiblemente ya no tenga ni mi nombre, ni mi cuerpo, pero la verdad no me importa.

    Por otra parte amiga mia... Debo de tirarte de las orejas, porque tu que me tienes acostumbrado a escribir sin faltas, me has fusilado dos veces en un texto, y de alguien como tu no me lo esperaba amante de la paz.

    Como cariño que te tengo y sin parecer pretencioso sino bondadoso.

    Te situare tus agravios en los amigos que encontraste por tus mundos burbuja y por esa saliva tan sabrosa que todos hemos anhelado poseer alguna vez en nuestra vida, si ya no nuestra propia de aquel que fue condenado sin saberlo a ser nuestra presa infinita.

    Sin esas dos, como siempre me encanta pasarme por tus palabras Samael :p

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  4. A ver, un adjetivo para esto: ¿Cojonudo?... bueno, leído desde mi punto de vista, que vengo de Marte, supongo que si...
    Es curioso, pero nadie recuerda el primer día que viene al mundo, tal vez es por ese mecanismo del cerebro que se activa para olvidar hechos traumáticos. Sin embargo, luego devienen otros nacimientos, y nos remontamos una y otra vez sobre nuestras ilusiones o nuestras cagadas. Yo sabia mucho del tema de nacer, pero no sé que me ha pasado que ya llevo cerca de dieciocho años gestándome de nuevo y no consigo romper esta jodida placenta de apatía que me rodea. El último abrazo Señorita, que ya está bien de estrujarte.

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