sábado, 26 de marzo de 2011

Viajando en un suspiro:


Ocho y veinticinco, el perro de la señora González vuelve a mear en la puerta del joven estudiante Godi, que otra vez llega tarde al instituto. El sol pega con fuerza pero es un bonito lunes de marzo y da gusto notar las caricias del sol en la cara y el suave viento jugando con el césped aún sin cortar.
Aparentemente es un día normal, pero no durará veinticuatro horas.

Las puertas del viejo instituto estaban cerradas, un cartel avisó al despistado Godi que debía entrar por la puerta de atrás. Por un momento creyó notar que no llevaba la mochila, pero ya era demasiado tarde para volver a casa a cogerla, de todos modos no había hecho la tarea que llevaba para hoy.

De repente oyó que alguien le chistaba desde la acera de enfrente; era la vieja panadera del barrio. El chico se dio la vuelta y ya no estaba. "Qué extraño...."-pensó, y corriendo entró en el edificio subió a la segunda planta con ganas de entrar a clase de lengua. Pero no para ver a la abominable, terrible, esquelética y demacrada señorita Espici sino para preguntarle a Lil si querría acompañarle en su viaje.

En las escaleras se encontró con el profesor de física Gauliter, un hombre de medio siglo, con un pelo envidiable de color blanco nácar, apuesto y en forma. A Godi le extraño mucho verlo por allí y más aún que le hablara, ya que no habían coincidido nunca.
-Joven,-dijo con una voz propia de pedante redomado-¿le gustaría acompañarme durante unos minutos?, estamos con tu amiguita. ¿Cómo se llamaba...?-musitó mientras miraba hacia arriba y se rascaba la cabeza con una pluma de color azul.
-¿Lil?-repondió Godi con una sonrisa apavonante.
-Sí, sí.-Respondió éste, mientras cruzaba el pasillo.
Godi se quedó parado viendo como Gauliter se alejaba.
-¿Viene o se va a quedar ahí pasmado?-dijo gritando de espaldas al muchacho sin detenerse.
El joven corrió hasta alcanzarlo y no dejó de preguntarle que a donde se dirigían.
Pasaron por pasillos que no había visto nunca hasta que llegaron a una especie de comedor decimonónico, enorme, lleno de retratos que parecían de finales del siglo diecisiete. No tenía ventanas, era húmedo, frío y oscuro, pero las paredes estaban alumbradas por antorchas y lámparas de aceite.

Donde parecía que anteriormente había una enorme mesa, ya no quedaba nada, solo las huellas de ésta sobre una preciosa alfombra de tonos rojizos algo desgastada por el paso del tiempo pero aun confortable. En ese momento le entraron unas ganas increíbles de quitarse los zapatos y sacar a relucir unos calcetines blancos llenos de topos. Y lo hizo.

Estaba desconcertado, atónito, asombrado.
Cuando pudo controlar el ritmo de su corazón, cerrar la boca y dejar de mirar a todos lados, oyó la risa de Lil al final de la sala, rodeada de un suave humo con olor a manzana y tabaco indio que le transportó por unos momentos al insólito viaje espiritual que había realizado con un viejo hindú de aires anarquistas y mente despejada.

En ese momento solo quería correr a abrazarla, necesitaba esa inyección de energía que le había sido denegada hace unas semanas. Pero la habitación se hacía cada vez más larga y estrecha, el profesor ya no estaba. Se le hacía imposible llegar hasta ella, recordó que Lil se muestra siempre superficial, que Lil, no soporta vivir esta realidad y se refugia en lo banal para satisfacer y aplacar su, para ella, insípida existencia.

Cerró los ojos, alargó la mano intentando alcanzarla y de repente, estaba allí, enfrente de ella. La notó muy diferente, despreocupada y vital.
-Siéntate Godi-dijo Lil mientras le daba su mano. Estaba fría, pero era muy agradable.
El chico la agarró y se sentó muy cerca de ella, tanto que al moverse sus manos rozaban la suave piel de la tan atrayente chica produciendo ese chispazo de oxitocina que acelera el pulso y sonroja las mejillas.
Él lo había notado tantas veces... y sin embargo siempre lo había frenado desapareciendo, mostrando esa absoluta cobardía de la que era dueño.
Pero esta vez no.
Godi miró a Lil y comenzó a jugar con sus dedos, era algo que le encantaba, una de esas pequeñas cosas que te hacen realmente feliz, pero lo que no sabía es que Lil la noche anterior había soñado con la suavidad de sus manos y su olor a vacaciones de invierno.

El corazón le latía al chico cada vez más y más fuerte, tanto que no podía conducirlo de una manera serena; un viento helado rodeó su cuerpo, tiritaba; su pelo estaba húmedo; respiraba lentamente cogiendo y expulsando mucha más aire de lo normal. Pero nadie lo veía.
En la que pensaba que iba a ser su última bocanada de aire, cerró los ojos y notó como si todo se le viniese encima. Todos sus músculos estaban en tensión, notó un fuerte impulsó que se propagó desde el pecho hacia las extremidades dando un enorme salto. Abrió los ojos, volvió a respirar.

Cuatro y cinco de la mañana, un mosquito entra por la ventana solo con ganas de ser oído mientras que Godi, anciano soñador, enciende la luz de la mesita de noche, se seca el sudor con un pañuelo, bebe un poco de agua y contempla con una sonrisa de plena satisfacción y añoranza la arrugada piel de Lil en un precioso marco de cristal. Recuerda su olor vagando en el anhelo y...
hoy volverá a viajar solo.


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